Las privaciones de la cuaresma en el siglo XXI

O cómo ser buen cristiano sobre el papel y no morir de hambre en el intento

Qué duro es pasar hambre, lo sabe mucha gente en estos momentos de crisis, y no por decisión propia precisamente. El abstenerse de comer ciertos alimentos como expiación personal es muy respetable, más si se siguen las directrices católicas al pie de la letra, que invitan en estas fechas a la “solidaridad efectiva con los que ayunan forzosamente”, una decisión muy loable y de admirar. Pero los hay que oyeron lo de prescindir de la carne los viernes de cuaresma y no siguieron escuchando, cuando las cosas hay que saber interpretarlas con cabeza y no limitarse a ser borregos que repiten comportamientos aprendidos.

Los 40 días de la cuaresma tienen su origen en el simbolismo de este número en la biblia: los días que duró el diluvio universal, los años del éxodo judío, el tiempo que pasó Jesús en el desierto… fases todas de sacrificio. Durante este tiempo de arrepentimiento para los cristianos, en el que intentan acercarse más a Dios, son elementos importantes el ayuno y la abstinencia, símbolos de una “renuncia”.

La abstinencia se practica los viernes y consiste en no comer carne, por considerarla un lujo. Cierto es que un chuletón pone ojiplática a más de la mitad de la población y que suele resultar más tentador que una ensaladita, pero señores, seamos realistas: ¿qué tiene de abnegado renunciar un día a la carne si en lugar de eso me meto una mariscada entre pecho y espalda? ¿Qué esfuerzo realizo si en lugar de cocinar un cuadrúpedo tomo un potaje como efectivamente Dios manda en esta época, y dejo sitio para los buñuelos de postre y las cañas de media tarde que hagan falta con sus correspondientes tapitas, veganas, eso sí?

No nos quedemos en la superficie de las costumbres, y si queremos comprometernos con algo vayamos al fondo; porque renunciar a parte de nuestros privilegios para cedérselos a los más necesitados es algo encomiable más allá de las creencias religiosas de cada uno, pero no nos engañemos: limitarse a decir “hoy no como carne” y seguir dándonos caprichos varios no nos convierte en mejores cristianos, y mucho menos en mejores personas.
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